La posesión del turista
Es notorio que cualquier ser humano -por otro lado completamente equilibrado y normal-, durante sus viajes, es susceptible de suspender temporalmente todas sus pautas de conducta y verse arrastrado a realizar actos o a participar en rituales que, si fueran ejecutados en su hábitat natural, provocarían incredulidad, asco, asombro, cuando no rechifla, entre sus parientes y conocidos.
En este sentido, quién no ha comido cosas que harían vomitar a una cabra en uno de esos países de dieta poco selectiva; o quién no ha tenido un insospechado escarceo amoroso durante un viaje; o quién no ha bailado ridículamente rodeado de desconocidos, llevado irremediablemente por un ritmo exótico y embriagador…
Lo único que hay que rogar en estos casos es que no haya una cámara cerca que pueda inmortalizar nuestro momento de debilidad. 

